Cuando alguien me elige para su boda, para mí es un regalo…
Pienso en todo lo que han vivido antes de llegar a ese día.
En lo que han decidido elegir a pesar del miedo.
Una boda no empieza ese día.
Empieza mucho antes.
Empieza en todo lo que ha pasado para que dos personas estén ahí.
En las veces que dudaron.
En las veces que se eligieron.
En las veces que no fue fácil.
Por eso, cuando fotografío una boda, no busco que todo salga perfecto.
Busco que sea verdadero.
Me fijo en las manos.
En las miradas que no se preparan.
En los silencios entre personas que se conocen de verdad.
En una boda siempre están los que están…
y los que faltan.
Y eso también forma parte del día.
Hay miradas que se quiebran en mitad de una ceremonia.
Abrazos que duran un segundo más de lo normal.
Sonrisas que llevan emoción detrás.
Para mí, fotografiar una boda es estar muy presente y muy al margen al mismo tiempo.
No intervenir.
No dirigir constantemente.
No forzar momentos.
Dejar que las cosas pasen.
Porque los recuerdos importantes son los que ocurren mientras nadie está mirando.
Las bodas no son solo celebración.
Son memoria.
Son un punto de encuentro entre lo que fue y lo que empieza.
Y por eso las fotos importan tanto con el paso del tiempo, para recordar cómo se sentía ese día.
Mi forma de fotografiar bodas tiene que ver con eso.
Con cuidar lo que ocurre.
Con respetar los ritmos.
Con no convertir un momento íntimo en un espectáculo.
No hago fotos para hoy.
Las hago para dentro de veinte años.
Para cuando alguien vuelva a abrir ese álbum y se reconozca.
Para cuando alguien que ya no esté siga estando ahí.
Eso es lo que me mueve cuando acepto una boda.
Y eso es lo que pongo en cada fotografía.
Es escribir esto y emocionarme…
Siempre me pasa.
Y hoy puede que esté más sentimental de lo normal… ❤️







0 comentarios