Hay mujeres que llegan a mí y me dicen que quieren hacerse fotos.
Y otras que me dicen justo lo contrario.
Que no pueden verse.
Que les cuesta.
Que se sienten raras delante de una cámara.
Que no se gustan.
Y muchas veces, en el fondo, están hablando de lo mismo.
De lo difícil que se vuelve mirarse cuando llevas tiempo sin estar contigo.
El autorretrato aparece ahí.
Aparece como una posibilidad.
Como una herramienta de autoconocimiento.
Un autorretrato una foto que te haces tú.
No es una foto cualquiera, es un proceso, es presencia…
Lo importante no es la foto.
Es el momento.
Es esa energía que se crea entre la cámara y tú.
Sin juicios.
No hay nadie mirando.
No hay nadie esperando nada de ti.
No hay que hacerlo bien.
Te colocas delante de la cámara y paras un poco.
Respiras.
Y ves qué pasa.
Al principio suele haber incomodidad.
No saber qué hacer con el cuerpo.
Con la cara.
Con la mirada.
Todo es normal.
Ahí te das cuenta de cuánto te observas desde fuera.
De lo poco que te permites simplemente estar.
De lo acostumbrada que estás a corregirte.
El autorretrato no sirve para gustarte más.
Sirve para escucharte.
Para darte cuenta de cómo estás hoy.
De dónde te tensas.
De qué escondes sin darte cuenta.
De qué aparece cuando no tienes que agradar.
Poco a poco, si no te presionas, algo se afloja.
El cuerpo se coloca solo.
La respiración baja.
La mirada cambia.
No porque la foto sea más bonita.
Sino porque tú estás más presente.
Y desde ahí empiezas a verte de otra manera.
No ideal.
Más real.
Por eso el autorretrato ayuda tanto a mujeres que vienen de etapas difíciles.
Porque no te pide que seas otra.
Te pide que vuelvas.
Te pide parar.
Te pide presencia.
No es exponerte.
Es encontrarte.
Y cuando una mujer se permite ese encuentro, la relación con su imagen empieza a cambiar.
Dentro y fuera de la cámara.
Con amor,
Ana Loreto.







0 comentarios